En «Para huir», un artículo escrito en el año 94, Manuel Vicent hablaba de pequeños infiernos cotidianos -el gran infierno lo situaba por aquel entonces en Bosnia-, que, sin tener la entidad de una guerra o cualquier otra catástrofe, hacen que la vida sea un poco más desagradable y difícil de vivir.
Cada uno tiene los suyos, y suelen ser muy particulares. No sé si será buena idea, o si tendrá mucho recorrido, pero he pensado abrir un hilo sobre infiernos cotidianos, por si os parece bien contar los vuestros.
Los míos son estos:
El ruido en general y la música a todo volumen en particular.
El rap y el reguetón, cualquiera que sea el volumen al que se escuchen.
La gente que habla en el cine durante la proyección de una película.
Los teléfonos móviles que suenan dónde y cuando no deben (en una misa, por ejemplo).
Hablando de móviles, el paciente -o el acompañante, si a eso vamos- que contesta una llamada cuando lo estás valorando en una consulta o incluso en planta.
Que conste, tampoco me gustan los médicos que se ponen a hablar de sus asuntos con el paciente delante.
«Mediterráneo», la canción de Serrat. Habrá quien piense que esto es una herejía, pero en realidad, no digo que la canción sea mala -es más, será buenísima, no lo niego-; lo que digo es que la detesto. Digamos que es una «opinión contraria a la de la mayoría».
La pizza con piña.
El que invade tu espacio personal para hablarte.
Los dueños de perros que no recogen las deyecciones de sus canes.
La cerveza caliente (y sin embargo, fría, muy fría, me encanta).
El que sin venir a cuento y sin que se le haya pedido opinión te dice que has engordado.
El que te interrumpe cuando estás hablando o te termina las frases.
No sé, igual son demasiados pequeños infiernos…